FLORES NORTE : UN PEDAZO DE BARRIO DE BUENOS AIRES

A la memoria de Alice Ethel y Carlos Enrique Suárez      

 

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Escritores de Flores

Algunos fragmentos de escritores que vivieron en Flores o escribieron del barrio.

Alejandro Dolina en la inauguración de la Plaza del Ángel GrisAlejandro Dolina

Crónicas del Ángel Gris ( éste personaje presta su nombre a la plaza de Donato Álvarez y Avellaneda )

Repasemos algunos rasgos del Ángel Gris en los que coinciden la mayoría de los autores consultados. El ángel era invisible. Se sabe sin embargo, que
llevaba una túnica gris y que sus alas estaban un poco sucias. Sus poderes eran escasos, como lo expresa una antigua copla: "Que puede ofrecer un ángel que no sea fantasía o algún humilde milagro de cuarta categoría." Se creía que había sido castigado por alguna transgresión. Su pecado debió haber sido también humilde, pues no había nada de satánico en sus procedimientos. Era servicial, pero todos procuraban evitar su ayuda. Por alguna razón, el Ángel creía que la melancolía y el desencuentro eran cosas deseables y entonces recompensaba a sus entenados con tristezas permanentes. Se ha dicho que odiaba a los automovilistas y por eso interfería el funcionamiento de los semáforos. Siempre le gustaron las canciones tristes. A veces dictaba composiciones al músico Ives Castagnino. Las rubias de la calle Caracas han oído serenatas angelicales que parecían surgir de la sombra o de la nada. Participaba en todos los juegos del barrio. El ruso Salzman afirmaba que la probabilidad de hacer un siete en el pase ingles era dos veces mayor en Flores que en cualquier otro lugar. Carlos Menéndez, un renombrado ventajero de la calle Bolivia, juro que en diez años de actividad en todas las timbas de la barriada jamás le había tocado el siete de oros, carta que recibía con razonable frecuencia en Caseros o en Palermo. Repartía sueños desde el anochecer hasta el alba, llevando una canasta de panadero. No le estaba permitido salir de Flores. Los duendes, los fantasmas y los demonios de otros rumbos se burlaban de el.

Baldomero Fernández Moreno



Setenta balcones y ninguna flor


Setenta balcones hay en esta casa,
setenta balcones y ninguna flor.
¿A sus habitantes, Señor, qué les pasa?
¿Odian el perfume, odian el color?

La piedra desnuda de tristeza
¡dan una tristeza los negros balcones!
¿No hay en esta casa una niña novia?
¿No hay algún poeta lleno de ilusiones?

¿Ninguno desea ver tras los cristales
una diminuta copia de jardín?
¿En la piedra blanca trepar los rosales,
en los hierros negros abrirse un jazmín?

Si no aman las plantas no amarán el ave,
no sabrán de música, de rimas, de amor.
Nunca se oirá un beso, jamás se oirá una clave...

¡Setenta balcones y ninguna flor!

 

Roberto Arlt

Aguasfuertes Porteñas

Molinos de viento en Flores


Hoy, callejeando por Flores, entre dos chalets de estilo colonial, tras de una tapia, en un terreno profundo, erizado de cinacinas, he visto un molino de viento desmochado. Uno de esos molinos de viento antiguos, de recia armazón de hierro oxidada profundamente. Algunas paletas torcidas colgaban del engranaje negro, allá arriba, como la cabeza de un decapitado negro; y me quedé pensando tristemente en qué bonito debía de haber sido todo eso hace algunos años, cuando el agua de uso se recogía del pozo. ¡Cuántos han pasado desde entonces!
Flores, el Flores de las quintas, de las enormes quintas solariegas, va desapareciendo día tras día. Los únicos aljibes que se ven son de “camouflage”, y se les advierte en el patio de chalecitos que ocupan el espacio de un pañuelo. Así vive la gente hoy día.
¡Qué lindo, qué espacioso que era Flores antes! Por todas partes se erguían los molinos de viento. Las casas no eran casas, sino casonas. Aún quedan algunas por la calle Beltrán o por Bacacay o por Ramón Falcón. Pocas, muy pocas, pero todavía quedan. En las fincas había cocheras y en los patios, enormes patios cubiertos de glicina, chirriaba la cadena del balde al bajar al pozo. Las rejas eran de hierro macizo, y los postes de quebracho. Me acuerdo del último Naón, un mocito compadre y muy bueno, que siempre iba a caballo. ¿Qué se ha hecho del hombre y del caballo? ¿Y de la quinta? Si; de la quinta me acuerdo perfectamente. Era enorme, llena de paraísos, y por un costado tocaba a la calle Avellaneda y por el otro a Méndez de Andes. Actualmente allí son todas casas de departamentos, o “casitas ideales para novios”.
¿Y la manzana situada entre Yerbal, Bacacay, Bogotá y Beltrán?
Aquello era un bosque de eucaliptos. Como ciertos parajes de Ramos Mejía; aunque también Ramos Mejía se está infectando de modernismo.
La tierra entonces no valía nada. Y si valía, el dinero carecía de importancia. La gente disponía para sus caballos del espacio que hoy compra una compañía para fabricar un barrio de casas baratas. La prueba está en Rivadavia entre Caballito y Donato Álvarez. Aún se ven enormes restos de quintas. Casas que están como implorando en su bella vejez que no las tiren abajo.
En Rivadavia y Donato Álvarez, a unos veinte metros antes de llegar a esta última, existe aún un ceibo gigantesco. Contra su tronco se apoyan las puertas y contramarcos de un corralón de materiales usados. En la misma esquina, y enfrente, puede verse un grupo de casas antiquísimas en adobe, que cortan irregularmente la vereda. Frente a éstas hay edificios de tres pisos, y desde uno de esos caserones salen los gritos joviales de varios lecheros que juegan a la pelota en una cancha.
En aquellos tiempos todo el mundo se conocía. Las librerías. ¡Es de reírse! En todas las vidrieras se veían los cuadernillos de versos del gaucho Hormiga Negra y de los hermanos Barrientos. Las tres librerías importantes de esa época eran las de los hermanos Pellerano, “La Linterna”, y la de don Ángel Pariente. El resto eran boliches ignominiosos, mezcla de juguetería, salón de lustrado, zapatería, tienda y qué sé yo cuántas cosas más.
El primer cinematógrafo se llamaba “El Palacio de la Alegría”. Allí me enamoré por vez primera, a los nueve años de edad, y como un loco, de Lidia Borelli. En el terreno de las caballerizas de Basualdo, se instaló entonces el primer circo que fue a Flores.
El único café concurrido era “Las Violetas”, de don Jorge Dufau. Félix Visillac y Julio Díaz Usandivaras eran los genios de la parroquia, para entonces. La gente era tan sencilla que se cría que los socialistas se comían crudos a los niños, y ser poeta –“pueta” se decía- era como ser hoy gran chambelán de Alfonso XIII o algo por el estilo.
Las calles tenían otros nombres, Ramón Falcón se llamaba entonces Unión. Donato Álvarez, Bella Vista.
A diez cuadras de Rivadavia comenzaba la pampa.
La gente vivía otra vida más interesante que la actual. Quiero decir con ello que eran menos egoístas, menos cínicos, menos implacables. Justo o equivocado, se tenía de la vida y de sus desdoblamientos un criterio más ilusorio, más romántico. Se creía en el amor. Las muchachas lloraban cantando La Loca del Bequeló. La tuberculosis era una enfermedad espantosa y casi desconocida. Recuerdo que cuando yo tenía siete años, en mi casa solía hablarse de una tuberculosa que vivía a siete cuadras de allí, con el mismo misterio y la misma compasión con que hoy se comentaría un extraordinario caso de enfermedad interplanetaria.
Se creía en la existencia del amor. Las muchachas usaban magníficas trenzas, y ni por sueño se hubieran pintado los labios. Y todo tenía entonces un sabor más agreste, y más noble, más inocente. Se creía que los suicidas iban al infierno.
Quedan pocas casas antiguas por Rivadavia, en Flores. Entre Lautaro y Membrillar se pueden contar cinco edificios. Pintados de rojo, de celeste o amarillo. En Lautaro se distinguía, hasta hace un año, un mirador de vidrios multicolores completamente rotos. Al lado estaba un molino rojo, un sentimental molino rojo tapizado de hiedra. Un pino dejaba mecer su cúpula en los aires los días de viento.
Ya no están más ni el molino ni el mirador ni el pino. Todo se lo llevó el tiempo. En el lugar de la altura esa, se distingue la puerta del cuchitril de una sirvienta. El edifico tiene tres pisos de altura.
¡También la gente está como para romanticismo! Allí, la vara de tierra cuesta cien pesos. Antes costaba cinco y se vivía más feliz. Pero nos queda el orgullo de haber progresado, eso sí, pero la felicidad no existe. Se la llevó el diablo.

 

Oliverio Girondo

EXVOTO

A las chicas de Flores   

 

Las chicas de Flores, tienen los ojos dulces

como las almendras azucaradas de la Confitería del Molino,

y  usan moños de seda que les liban las nalgas

en un aleteo de mariposa.

 

Las chicas de Flores, se pasean tomadas de los brazos,

para transmitirse sus estremecimientos,

y si alguien las mira a las pupilas, aprietan las piernas,

de miedo de que el sexo se les caiga en la vereda.

 

Al atardecer, todas ellas cuelgan sus pechos sin madurar

del ramaje de hierro de los balcones,

para que sus vestidos se empurpuren al sentirlas desnudas,

y de noche, a remolque de sus mamás

- empavesadas como fragatas - van a pasearse por la plaza,

para que los hombres les eyaculen palabras al oído

y sus pezones fosforescentes, se enciendan y se apaguen como luciérnagas.

 

Las chicas de Flores, viven en la angustia de las nalgas se les pudran,

como manzanas que se han dejado pasar,

y el deseo de los hombres las sofoca tanto,

que a veces quisieran desembarazarse de él como de un corsé,

ya que no tienen el coraje de cortarse el cuerpo a pedacitos

y arrojárselo, a todos los que les pasan la vereda.

 

Carta de Mariano Pelliza a José Hernández

Señor D. José Hernández.

Tratándose de juzgar un libro, ni Vd. ni yo gustamos de hacer floreos literarios, yendo siempre derechos al bulto, al punto objetivo ó como quien dice, al eje ó muelle espiral sobre que describe su rotación el argumento. Aplicando tan económico sistema para darle mi opinión sobre Martín Fierro, no me detendré en decir donde faltó á las leyes de la rima, ni cual ripio debiera desaparecer y si hay éste ó aquel concepto contrario á la buena prosodia.

Solo juzgando ensayos juveniles es pertinente detenerse en la parte elemental de la composición; pero como Vd., á lo que entiendo, no está en el caso de aprender el mejor empleo de las sinalefas y otras figuras didácticas del divino arte, voy sin rodeos á manifestarle mis impresiones.

Repetidas veces he saboreado las bellezas contenidas en las bien descritas aventuras de su héroe, creación bellísima por la doble faz, riente y sombría, con que se dibuja en gigantesco relieve, esto sin contar con lo sabroso de la crítica con que Vd. decora su admirable cuadro.

Su trabajo, escrito sin duda por mero pasatiempo, responde á tendencias dominantes en su espíritu, preocupado desde larga fecha por la mala suerte del gaucho: y es la manifestación cumplida de sus simpatías en favor de esos pobres parías, condenados por los abusos del poder á vivir constantemente armados del sable, creando y destruyendo situaciones que siempre concluyen por serles adversas. En las luchas civiles, la peor parte ha sido para ellos; y durante la paz armada en que los caudillos han mantenido la República, el campamento y los fortines los han alejado de la vida laboriosa y de los sagrados vínculos del hogar, relajando la constitución de la familia y bastardeando las generaciones: convirtiéndolos en nómades habitantes de nuestras inmensas praderas, cuando no están sujetos al yugo del servicio, que es un lote en el repartimiento de los bienes de la libertad por cuya conquista tantos años han pugnado.

Martín Fierro es la encarnación de la multitud: órgano reproductor del lamento de los gauchos sujetos al bárbaro servicio de fronteras que, como una onda poderosa, viene á estrellarse ante la indiferencia granítica de los gobiernos.

Si aquí tuviéramos un público capaz de reivindicar los derechos del hombre y del ciudadano, agredidos en el habitante nativo del campo, su libro habría producido el efecto maravilloso alcanzado en la América del Norte por «La Cabaña del Tío Tom», porque uno y otro son producto de la mas sublime filantropía. Levantar una raza abatida, devolviéndole las condiciones civiles y políticas que el abuso arrebató atrevidamente, es la tendencia de ambos libros: allá se atacaba una institución legal y sin embargo triunfó el grito de la naturaleza, en tanto que aquí el pobre gaucho es flagelado sin derecho y por un simple abuso de fuerza.

Lo dicho, relativamente al objeto, y por lo que respecta á su tipo, no vacilo en decirlo que, sin pretenderlo, ha dejado Vd. muy atrás á nuestros payadores en cuanto al fondo y oportuna elección de la estrofa. La décima no la usa el gaucho sino en composiciones breves de amor ó en felicitaciones, y el romance asonantado nunca: evitando estos escollos y haciendo uso del sexteto octosílabo, la imitación de los trobos campesinos es perfecta.

Los que han manejado este género entre nosotros, poseyendo el medio literario, desconocían las peculiaridades de moral, de filosofía, de religión y aun de política que hacen del gaucho un ser excepcional, difícil de medirlo en el cartabón de los compadritos dicheros.

El compadre en la campaña, es la depuración incorrecta de la sencillez rústica que perdiendo todo su sabor original, se aproxima y entremezcla con el compadre de la ciudad, degeneración correcta del habitante culto; y en esa zona que deslinda la civilización de la barbarie, los predios rústicos de los urbanos; término medio del estado social argentino, se desenvuelve la existencia bullanguera del tipo estudiado para representar al gaucho, y que en su eterna manía de espectabilizarse, hace grotesco lo que es bello.

En este concepto, Vd. se hallaba en condiciones ventajosas para desarrollar su tesis, porque habiendo vivido por mucho tiempo en contacto con el gauchaje de las cuatro provincias litorales, y siendo como es, un observador fino y de criterio, tenía que ofrecemos en sus cuadros la verdad, eterna fuente de la belleza; y si á esto se agrega un fácil manejo de la lengua y gran respeto á los preceptos literarios, terminaré diciendo: que a mi como aspiración noble á favor de los habitantes del campo, ni como crítica de los abusos cometidos en el servicio de fronteras, ni como interpretación del gaucho moralmente juzgado, he tenido, hasta hoy, la ocasión de leer algo que le aventaje.

Queda de Vd. S. S. S. y amigo

Mariano A. Pelliza.

Alfonsina Storni

Debido a sus innumerables trabajos Alfonsina Storni se mudaba frecuentemente, varias veces al barrio de Flores. De las tres locaciones en el barrio la más importante fue la casa de Terrada 578 que fue demolida en 2011 bajo el gobierno de Macri, a pesar de las quejas de los vecinos y gente de la cultura como el señor Carlos Demarco que juntaron firmas para evitarlo.

Tú me quieres blanca (Alfonsina Storni)

Tú me quieres alba,
Me quieres de espumas,
Me quieres de nácar.
Que sea azucena
Sobre todas, casta.
De perfume tenue.
Corola cerrada

Ni un rayo de luna
Filtrado me haya.
Ni una margarita
Se diga mi hermana.
Tú me quieres nívea,
Tú me quieres blanca,
Tú me quieres alba.

Tú que hubiste todas
Las copas a mano,
De frutos y mieles
Los labios morados.
Tú que en el banquete
Cubierto de pámpanos
Dejaste las carnes
Festejando a Baco.
Tú que en los jardines
Negros del Engaño
Vestido de rojo
Corriste al Estrago.

Tú que el esqueleto
Conservas intacto
No sé todavía
Por cuáles milagros,
Me pretendes blanca
(Dios te lo perdone),
Me pretendes casta
(Dios te lo perdone),
¡Me pretendes alba!

Huye hacia los bosques,
Vete a la montaña;
Límpiate la boca;
Vive en las cabañas;
Toca con las manos
La tierra mojada;
Alimenta el cuerpo
Con raíz amarga;
Bebe de las rocas;
Duerme sobre escarcha;
Renueva tejidos
Con salitre y agua;
Habla con los pájaros
Y lévate al alba.
Y cuando las carnes
Te sean tornadas,
Y cuando hayas puesto
En ellas el alma
Que por las alcobas
Se quedó enredada,
Entonces, buen hombre,
Preténdeme blanca,
Preténdeme nívea,
Preténdeme casta.

 

 

 

 

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